lunes, 15 de octubre de 2012

RedBull te da alas.



Imposible no quedarse “con las patas colgando” cuando ves a un hombre a punto de lanzarse al vacío desde una altura de 36.000 metros. Mi chico, yo y nuestro pequeño hombrecito; que con solo dos años pensó que ayer Buzz Lightyear por fin hacía realidad su sueño de volar. Por un humano (algo sobrenatural) y por un héroe de juguete, los tres acabamos aplaudiendo y saltando de emoción frente al televisor. Casi lloro de pensar que lo había conseguido pero, sobre todo, de ver que “el ave Félix” aterrizaba sano y salvo en tierra (en la Tierra). Y entonces miré a mi hijo y pensé: “espero que nunca quiera volar tan alto porque cuando llegue a la Tierra yo ya estaré en el cielo, fijo…jajaja”. 

Después de una tarde de larga espera (todo lo bueno se resolvió al final en cinco o diez minutos), he tenido una noche caótica, llena de peleas neuronales, insomnio y piernas inquietas. He estado pensando en mis miedos, mi temor a que el avión que quiero coger próximamente se estrelle y por azares de la vida, caiga al agua y tenga la mala suerte de sobrevivir. Esto sería un desastre para mí (no el hecho de que el avión se estrelle, sino el de sobrevivir, jajaja)  porque odio el agua, la oscuridad de la profundidad que no deja ver lo que hay debajo hasta que llega el tiburón y “ñam, ñamñamñam ñamñaam”!!! Ya estás comida, jajajaja Pero después de ver a Felix Baumgartner he llegado a la conclusión de que todo es tan sencillo como tener una súper nevera llena de RedBull. Voy a condimentar todas mis comidas con este mágico ingrediente: RedBull con salchichas, RedBull con huevos, RedBull con arroz, RedBull con lentejas, RedBull a los cuatro quesos… Estoy segura de que al subir al avión mis alas RedBull me darán confianza y seguridad. Además, si como dice la publicidad: “RedBull te da alas, incrementa tus capacidades físicas y potencia tu velocidad mental” ,todo estará controlado. Si no soy “mujer pájaro”, seré “mujer McGiver” y con una lata de RedBull me haré un súper paracaídas (o un helicóptero, todo es posible!!)

jueves, 11 de octubre de 2012

Secretos.



Shuuuu, tengo un gran secreto. De esos que son chiquititos al principio y luego se hacen grandes, grandes y no sabes qué hacer. ¿Lo cuento, no lo cuento? El otro día entrando a un centro comercial me crucé con dos mujeres, de esas que piensan que hablan bajito y sin embargo, se escuchan a dos manzanas de distancia. Iban hablando de sus cosas y de las de otros, supuestamente anónimos, que al parecer estaban dando mucho que hablar. Entonces, una le dice a la otra: “pero no se lo cuentes a nadie, que no tenía que haber dicho nada. Te lo cuento a ti pero júrame, por favor…”  Y se queda tan pancha y con la conciencia tan tranquila porque ya se lo han prometido por “la gloria de su madre”, aquella que ella ensució el mismo día en que juró y prometió también tener su boquita cerrada. 

Reconozco que me dio la risa, porque el amigo que me acompañaba se giró hacia mí con media sonrisa picarona y me dijo: “pufff, menudo secreto. Va a correr como la pólvora. En cuanto se quede sola, ya verás a dónde va a ir el juramento”. 

Hoy he estado pensando en los secretos, y en esas películas de drama y suspense en las que el protagonista dice: “se lo llevó a la tumba”. Pero…, si se lo llevó a la tumba, ¿cómo sabe alguien que se lo llevó? ¿Puede un secreto ser de una sola persona, o siempre tiene que haber al menos dos implicados? ¿Puede un secreto permanecer intacto a lo largo de los años, o va engordando de detalles, protagonistas y enredos conforme cambia de confidente? ¿Se convierte al final el secreto en una farsa sin sentido? Cuando se cuenta un secreto, ¿ponemos más énfasis en los que no nos afectan directamente? El secreto, ¿es en definitiva un cotilleo de “prensa rosa” de barrio?

Yo, por si acaso, voy a guardar mis secretos en mi interior hasta que ya no pueda más y explote. Entonces, optaré por contarlos a voces, bien alto, para que todo el mundo escuche mi versión. Seguro, que aún así, habrá segundas partes de taquilla barata que atraerán más y comenzarán con la frase: “te voy a contar un secreto, pero no se lo digas a nadie…”

viernes, 5 de octubre de 2012

El retrovisor… de los sueños.



¿Alguna vez habéis buscado vuestros sueños en el retrovisor de un coche?  Desde muy pequeña mi cabeza ha estado llena de metas por alcanzar, de lugares  donde escapar y de momentos de escapar de todo. Estos últimos nunca han llegado, afortunadamente. He conseguido vencer a mis temores a tiempo, aunque a veces me haya encontrado con un muro tan alto tan alto, que me he sentido más pequeñita de lo habitual y he tenido que batir mis alas imaginarias a toda velocidad para poder superarlo. Agotada al otro lado, pero contenta por lo conseguido. Así me encuentro en estos momentos cuando recuerdo el retrovisor del Renault 21. Al volante, mi padre. A su lado, una niña llena de inquietudes que miraba coqueta el retrovisor y pensaba en nuevos horizontes. 

Han pasado muchos años desde la adolescencia en la que todo parece alcanzable. Tantos, que ahora casi no puedo mirar a mi espejo retrovisor porque mi lugar, por obligación de madre, está detrás de las trincheras. Pero cuando el destino me lo permite y mi mirada vuelve a encontrarse con el retrovisor, sigo mirando fijamente a mis ojos y viendo a esa niña. Antes, yo le hablaba al espejo y le decía cuántas cosas nos quedaban por descubrir. Ahora es el espejo el que me mira y me dice: “no dejes que tus patas se fijen al suelo. Salta, salta…, y disfruta de la mujer en la que me has convertido.”

(Dedicado a las mamás que alguna vez han pensado, equivocadamente, que tenían que renunciar a sus sueños y dejar de batir las alas. A las que piensan que en aquel cruce de caminos no tomaron la decisión correcta. Es agotador, pero si consigues seguir soñando habrás triunfado. Mi reto actual: volver a crear sueños para mi nuevo retrovisor y para la nueva mujer que se mira que él. La vida sigue… salta, salta!!!!)

jueves, 4 de octubre de 2012

Lágrimas de cocodrilo.



No me gustan las lágrimas. Creo que viene de familia. En concreto, es un común denominador de la mayoría de las mujeres de la rama materna. Con los años me he dado cuenta de que tenemos que estar muy jodidas de dolor o demasiado contentas de alegría, vamos, con las “patas colgando desde la luna”, para poder descargar nuestro lagrimal. 

No me gustan las lágrimas de cocodrilo, ni los que lloran por obligación: porque es una buena noticia y hay que llorar…, porque es una despedida (con vuelta) y hay que llorar… Es decir, si la noticia es buena, si el viaje es extraordinario, si te ha tocado el Gordo de tu vida… ¿no deberíamos saltar, brincar, sonreír hasta caer extasiados, abrazarnos con fuerza al desconocido que tenemos al lado y plantarle un beso de abuela y empezar a canturrear: laaa la la la laaaa, laaaa la la la laaaa o Campeonessss, campeoooonesss olé, olé, oléeeee?

Quizá todo se debe a mi escasa relación con el agua bebida. No me gusta mucho y casi siempre tengo que obligarme a hidratar mi cuerpo. Quizá, y sólo quizá, mi cerebro es tan espabilado que manda una orden urgente del tipo: “no lágrimas- stop- reservas vacías- stop”.  O quizá, simplemente, lloro por dentro para consolar a mi corazón sin necesidad de mostrarlo continuamente en público.

Hoy quiero dedicar mi entrada a los que tienen los ojos secos y el corazón muy bien hidratado. A la gente que también es sensible, sí señores, a los que también sufrimos por las penas, por las pérdidas de los que se van y por la puñetera patada en la espinilla. A los que prefieren momentos de soledad buscada y necesaria para descargar el alma. A los que no tienen que demostrar continuamente que son “súper buenos y súper sensibles” porque saben llorar. Y por supuesto, a los que no “lloran para mamar”, sino a los que consiguen sus metas con una sonrisa y sin teatro barato.